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Bajo el cielo de Colombia (VIII)

Me gustaría conocer el barrio de las Malvinas, en Florencia, donde aún existen desplazados indígenas viviendo en unas condiciones difíciles de explicar. Nuestros amigos de ACNUR, Hegler Andrés y Gustavo, me explican que posiblemente pueda visitar a alguna familia que me pueda contar su dura forma de sobrevivir.

A la llegada al barrio observo con tristeza que todo lo que me contó Nancy en la charla que tuvimos en la comunidad era cierto, la realidad es mucho más dura de lo que me imaginaba.

Me acerqué a conocer a Rosendo Aisamo, un joven de 28 años que vive con sus padres, sus hermanos, los hijos de su hermana, su mujer y sus tres hijos; diez personas hacinadas en dos habitaciones y un pasillo con una cocina al fondo. Una pequeña bombilla de no más de veinte vatios ilumina tibiamente el interior, al fondo hay una patio con chapas y cartones por donde los rayos de sol se cuelan indistintamente, un montón de piedras componen una fogata de palos donde cocinan o calientan el agua recogida de la lluvia. Un perro atado con una cuerda ladra a un desconocido que observa como una pequeña hamaca balancea a una niña de no más de 3 años.

Rosendo me cuenta que han conseguido unas tierras gracias a un español que se las ha regalado y que todos los días camina dos horas para llegar y trabajar en ellas. Las primeras cosechas ya están en marcha y, en cuanto puedan, quieren vivir del campo como hacían sus antepasados, volver a poder vivir en libertad y, a su vez, de la tierra madre que es para él su mayor ilusión. En la ciudad no están bien vistos pues tienen que mendigar para poder sobrevivir, sólo con la artesanía no es nada fácil alimentar a diez personas.

En el umbral de la puerta de su humilde casa, con su pequeña en los brazos, charlamos sobre la necesidad de encontrar un cambio y poder mejorar su calidad de vida ya que su máxima preocupación es que sus hijos no pasen por lo que él está viviendo en el barrio.

Me despido con un caluroso apretón de manos y observando su rostro, ahora entiendo la desesperación de no ver futuro en la marginalidad de sus vidas.

Con las vivencias de lo que me llevo de estas historias vuelo de regreso a Bogotá.

 

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